El apostolado de don Felipe
por Ricardo Melchior - Presidente del Cabildo Insular de Tenerife el 16/04/2012 a las 11:33 horas
El reciente fallecimiento del Obispo
Emérito de Tenerife, monseñor Felipe Fernández, ha traído a nuestra memoria una
serie de recuerdos de su laboral pastoral al frente de la Diócesis Nivariense.
Recuerdos que tienen que ver con diferentes situaciones y circunstancias, todas
ellas relacionadas con la historia reciente de nuestra Isla: desde la alegre
jornada compartida en Guatemala, con motivo de la canonización del Hermano
Pedro, a los tristes instantes del incendio de la iglesia de Buenavista del
Norte, resarcidos de alguna manera con la reapertura posterior del templo. En
cualquiera de los casos, en él hallamos siempre la actitud firme que caracterizaba
su personalidad.
A dicha firmeza unió otro rasgo singular,
como fue la franqueza que empleaba en su relación con los demás. Así lo apuntó
su sucesor, monseñor Bernardo Álvarez, durante la homilía pronunciada en el funeral
reciente, al resaltar "su gran libertad para decir lo que pensaba y sentía".
Con esa condición de honesto, unida a la fe que marcaba su vocación de servicio
a la comunidad, don Felipe llevó a cabo una obra inolvidable al frente de esta
Diócesis, durante catorce años intensos. Y son muchas las personas que pueden
dar testimonio de esa tarea ingente, como es el caso de quienes integran la red
de Cáritas, que vio reforzada su labor mediante la creación de delegaciones de
base en todas las parroquias
Definido como un elemento "clave" en la
historia de esta Diócesis, don Felipe fue capaz de desempeñar, en palabras del
actual prelado, "grandes proyectos, tanto a nivel pastoral como de
infraestructuras, y su obra tuvo una extraordinaria repercusión en ambos
aspectos". Sobresale entre los primeros la organización del Sínodo
Diocesano Nivariense, una cita sin precedentes en este territorio, que
consiguió movilizar entre 1995 y 19998 al conjunto de comunidad eclesial de la
provincia tinerfeña.
En cuanto al apartado de las
infraestructuras, conviene recordar que durante ese ejercicio fue culminado el
Plan Insular de Patrimonio Histórico, gracias a la colaboración establecida entre
el Cabildo y el Obispado, que poco a poco permitió la realización de más de un
centenar de actuaciones, todas ellas trascendentales para la supervivencia de
este valioso tesoro artístico y cultural. Fue un periodo que personalmente nos
dio la oportunidad de conocer más de cerca a don Felipe, tanto en reuniones con
los técnicos como en visitas a las obras, apreciando con nitidez la ilusión y
el empeño que marcaban todos sus actos.
Igualmente, el traslado a Guatemala para
asistir a la canonización del Santo Hermano Pedro, en el verano de 2002, nos
valió para estimar su cercanía con nuestra gente, propia de quienes hacen de la
sencillez su manera de actuar. Recordamos, en ese sentido, su intervención en la
misa que ofició en la iglesia de San Francisco, en La Antigua Guatemala, donde
hizo un canto a la humildad. Y tomó para ello una cita del propio Pedro de
Bethencourt: "Nosotros, los de Belén, debemos estar debajo de los pies de todos
y andar arrastrándonos por el suelo como las escobas".
Firmeza, franqueza, honestidad, fe, tenacidad,
cercanía y sencillez. Ese es el legado de don Felipe; un hombre más de esta
tierra, en la que decidió que transcurriera el resto de su vida. Un legado ya
universal que permanecerá en La Laguna, capital de nuestra Diócesis, para
contagiar a toda la comunidad de la alegría de vivir y el amor por el trabajo.